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viernes, 19 de diciembre de 2014

Roboré y Santiago de Chiquitos. El karma ataca de nuevo y deja varios heridos a su paso.

La mañana del 27 de noviembre se presentaba tranquila. Susana y yo nos despertamos pronto y preparamos nuestro gran desayuno especial en el loro loco. Huevos, fruta, café, y sándwiches de jamón y queso. Había que tener fuerzas para el viaje que queríamos hacer hasta Roboré.


Una vez terminado el desayuno volvimos a la habitación a preparar las mochilas y fue entonces cuando mi karma se presentó de nuevo. En el momento en que estaba cambiándome los pantalones me di cuenta de que algo faltaba… ¡mi cartera!

¡Mierda, mierda, mierda! Probablemente el día anterior, cuando fuimos al mercado comprar víveres para cenar, debió de caérseme del bolsillo del pantalón y no me di cuenta. Así que después del pánico inicial y jurar en arameo varias veces, fui rápidamente a llamar al banco y cancelar mis tarjetas. Una vez hecho esto volví al hostal, grité otro poco más y, después de asumir mi pérdida, salimos camino a la terminal para agarrar el autobús que nos llevara a roboré.Para llegar a la terminal sólo tuvimos que acercarnos al primer anillo y coger un micro 1,5$b. Una vez allí nos dimos cuenta que los buses matutinos ya habían salido y sólo nos quedaba la posibilidad de ir en el de la tarde…¡Gran error!

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El autobús (50$b.) vetusto, cansado y cargado de gente salió a las ocho de la noche y nos llevó traqueteando desde Santa Cruz hasta Roboré donde llegamos a la sana y decente hora de las 2:00 AM. Como ya os podéis imaginar no había ni el tato en la estación de autobuses. Tan sólo los mototaxis esperando para llevar a la gente al centro del pueblo. Cansados como estábamos y, sabiendo que a esas horas no podríamos hacer ronda de hoteles para ver cuál era la mejor opción decidimos tirarnos al suelo y dormir hasta que amaneciera.



Sobre las ocho de la mañana abrimos los ojos y doloridos nos desperezamos, agarramos las mochilas y nos pusimos camino al centro de roboré para encontrar un hotel. Tuvimos suerte porque en la primera intentona dimos con una mujer majísima que, aunque empezó pidiéndonos 300$b. luego nos dejó la habitación doble con baño en tan sólo 60$b. porque había vivido muchos años en Barcelona y “estaba en deuda con los españoles” como le gustaba decir.

Roboré es un lugar tranquilo y acogedor que se mueve a un ritmo más lento que el resto de lugares que habíamos visitado en Bolivia. El único problema es que los lugares interesantes para visitar están a las afueras del pueblo y la única manera de verlos es alquilando un taxi.

Una vez que nos asentamos y dimos una cabezada para compensar las horas en el frío suelo de la terminal de buses, salimos a recorrer el pueblo. Luego de almorzar en una pequeña pensión cerca de la plaza un típico menú por 15$b. decidimos caminar hasta el único lugar que podíamos visitar que era el chorro de San Luis, una maravillosa cascada que forma una laguna donde uno se puede bañar. Para llegar allí sólo hay que caminar hasta el final del pueblo y cruzar el campamento militar. Luego de 30 min. Andando se llega a un pequeño camino que baja hasta el río y finalmente la cascada.



Disfrutamos de la cascada hasta que sentimos la amenaza de la tormenta sobre nuestras cabezas y decidimos regresar. Lo divertido fue que al llegar de regreso al campamento militar nos encontramos con un joven soldado que corría hasta nosotros para avisarnos que por ahí no podíamos pasar porque estaban haciendo prácticas de tiro. ¡uff menos mal que se les ocurrió poner a uno para avisar!

Al día siguiente decidimos agarrar el micro que sale desde la esquina de la plaza para llegar al pequeño pueblo de Santiago de Chiquitos a no más de una hora de allí.



Si Roboré nos pareció tranquilo y pausado, Santiago de Chiquitos lleva este concepto a su máximo nivel. El micro nos dejó en la plaza del pueblo donde lo único que se movía eran las hojas de los árboles y unos caballos que tranquilamente pastaban en la hierba de los jardines.





Decidimos que la mejor opción era sentarse a almorzar tranquilamente no vaya a ser que una vez más nos cerraran los restaurantes y posteriormente movilizarnos para visitar los lugares de interés de la zona. La única pensión de la zona que sirve menú está en la plaza y sus precios son bastante más elevados. 20$b. el plato.

Una vez saciado el apetito nos dirigimos al mirador una pequeña excursión de 1h andando que te lleva a un cerro situado al noreste de la ciudad con unas vistas excelentes sobre la selva amazónica que rodea el pequeño pueblo.













De regreso al pueblo pensamos que, como para ver el resto de las atracciones sucede el mismo problema que en roboré es decir es necesario alquilar un taxi y además el pueblo es bastante más caro, volveríamos esa misma tarde a Roboré para al día siguiente regresar a Santa cruz y seguir camino hacia Samaipata, un pequeño pueblo en el camino entre Santa Cruz y Sucre.

El problema es que el micro que te lleva hasta Santiago de Chiquitos llega a las 11-12:00 y sale a las 2:00 con lo que la única posibilidad era hacer dedo hasta llegar.

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Después de un camión, diez minutos andando y un micro llegamos de nuevo a nuestro hotel donde queríamos pasar una noche más antes de regresar a Santa Cruz pero, no sabemos si movida por el bajo precio de la habitación que nos había dado o por su verdadera intención de ayudar, la amable directora del hotel nos insistió para que nos fuéramos en el bus de las doce y así llegáramos pronto a la ciudad.

Como no nos gustó mucho este repentino cambio de actitud, decidimos regresar esa misma noche en el bus de las 12:00 70$b. Un poco más caro pero merece la pena su comodidad.

Al día siguiente sobre las 6:00AM llegamos en Santa Cruz en lo que sería el peor día de nuestro viaje. Comenzó en la propia terminal de autobuses. Allí, en la salida mientras pensábamos si seguíamos camino hacia Samaipata decidimos desayunar unas empanadas…¡Gran error! Y su primera consecuencia fue que mis tripas empezaron a revolverse y presionar en busca de una salida por la parte posterior de mi cuerpo. ¡Dios el apretón era insostenible!

Rápidamente buscamos un hotel para que nos dejaran utilizar el baño pero después de varios intentos ninguno nos dejó utilizar sus aposentos consecuencia…Arturo bajo la atónita mirada de Susana rápidamente se baja los pantalones y descarga una ráfaga de mierda en una de las jardineras de la calle de uno de los hoteles en los que no me dejaron utilizar el baño. Susana a día de hoy no ha podido olvidar esa imagen y creo que no podrá en el resto de su vida pero era algo que se tenía que hacer. Eran mis calzoncillos o la jardinera.

Pero no acaban ahí nuestros problemas, Susana al cabo de cinco minutos empieza también a encontrarse mal y me pide que quizás sea mejor volver al hostal El Loro loco y descansar ahí esa noche para seguir camino al día siguiente. Como la cara de Susana no invita a muchas aventuras fuimos al hostal. Una vez allí se abrió la caja de pandora y como si hubiera salido de 24h en una montaña rusa, Susana sale corriendo en busca del baño para vomitar hasta su primera papilla. Salía y entraba en el servicio como un yoyo y cada vez con peor cara hasta que la debilidad y el mal cuerpo la postraron en la cama mientras yo salía a buscar omeprazol a la farmacia.

A media mañana parecía que lo peor ya había pasado y Susana empezó a sentirse mejor. Así que, como no queríamos arriesgarnos a volver a comer algo en mal estado, decidimos ir al mercado a buscar algunos ingredientes para cocinarnos algo en el hostal.

Regresamos al Loro loco y nos pusimos a cocinar los espaguetis con tomate y verduras. El problema es que los utensilios no se puede decir que fueran precisamente nuevos ni que estuvieran en las mejores condiciones así que los espaguetis tuvieron que hervir en una olla sin una de sus asas. Se mascaba la tragedia.

Como siempre, por favor evitar enseñar el siguiente párrafo a mi madre.

Cuando los espaguetis estaban aldente agarre la olla por una de sus asas y con un trapo el borde donde se suponía que estar la segunda. Al volcar los espaguetis sobre la espumadera para que escurrieran, se me resbaló la olla de las manos y toda el agua hirviendo fue a parar a mi vientre…. No os podéis imaginar el dolor. La quemadura traspasó la camiseta y la piel se levantó dejando un cerco rosado y una quemadura de segundo grado del tamaño de mi puño como recuerdo de la aventura en la cocina. Rápidamente enganché una manguera que había en el jardín y empecé a echarme agua mientras Susana corría a la farmacia a por crema para quemaduras.


Los minutos hasta que llegó se me hicieron horas. Pero bueno, luego después de una excelente cura de una enfermera profesional ya estaba listo para cocinar de nuevo. Ni que decir tiene que por todo lo que pasamos ese día, los espaguetis nos supieron a bocado de dioses.

El resto del día, cansados como estábamos después de un día de penurias, lo pasamos relajados en el jardín del hotel donde conocimos a Evandro un brasileño que recorría el mundo en bicicleta con su espectáculo de títeres para enseñar a los niños en los colegios la importancia del reciclaje y el cuidado a la naturaleza. También estaba por allí Mark un chico inglés con quien coincidí en Borneo en mi viaje del 2013.


Poco a poco se apagó el día y nos fuimos a la cama con la idea de irnos al día siguiente a Samaipata. Pero eso, como siempre será parte del siguiente post.

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